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se resolvió «que si no venían a entregar el reino y al
mismo Jugurta, saliesen de Italia dentro de diez días.
Manda notificarlo el cónsul a los númidas por or-
den del Senado, y así tuvieron que volverse a sus
casas sin hacer nada. Entretanto, Calpurnio, estando
ya el ejército a punto, elige por asociados a algunos
hombres nobles y de séquito, cuya autoridad le de-
fendiese, si en algo delinquía. Uno de éstos fue
aquel Scauro, cuyo genio y costumbres se dijeron
antes, porque a la verdad nuestro cónsul estaba
adornado de muchas bellas prendas de ánimo y de
cuerpo, sólo que su avaricia lo echaba a perder todo.
Era sufridor de los trabajos, de ingenio perspicaz,
de bastante prudencia, perito en el arte militar y de
gran presencia de ánimo en los peligros y asechan-
zas. Las legiones se encaminaron por Italia a Regio,
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desde donde pasaron a Sicilia y de allí a África. Cal-
purnio en los principios, dispuesto lo necesario,
entró con gran furia en Numidia, cautivando mucha
gente y tomando algunas ciudades a fuerza de ar-
mas.
Pero apenas le representó Jugurta por medio de
sus mensajeros, la dificultad de la guerra de que es-
taba encargado y le tentó con dinero, aquel ánimo
propenso a la avaricia se trocó enteramente. Ni lo
hizo mejor Scauro, a quien había elegido por su
compañero y confidente en todos los negocios.
Porque aunque primero, estando ya cohechados los
más de los suyos, se opuso acérrimamente a los de-
signios del rey, la suma grande que se le ofrecía vino
al fin a corromperle y desviarle de la justicia y del
honor. Jugurta en los principios no solicitaba sino
largas, confiando que entretanto conseguiría en
Roma algo por el favor o por su dinero. Pero cuan-
do supo que también Scauro tenía parte en la nego-
ciación, entrando en grande esperanza de alcanzar
la paz, se resolvió a tratar con ellos por si mismo
cuanto hubiese de estipularse. A fin, pues, de que lo
pudiese ejecutar sobre seguro, envió antes el cónsul
al cuestor Sextio a Vaca, ciudad de Jugurta, con
pretexto de que iba por cierto trigo, que Calpurnio,
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en presencia de todos, había mandado aprontar a
los diputados de ella, porque mientras se efectuaba
la entrega, habían cesado las hostilidades. Vino,
pues, el rey a nuestro campo, según había determi-
nado, y habiendo en público hablado muy poco en
disculpa de su hecho y acerca de entregarse, el resto
de la conferencia lo tuvo a solas con Bestia y con
Scauro, y al día siguiente, habiéndose tomado los
pareceres del Consejo tumultuariamente y sin for-
mafidad alguna, se entrega al cónsul y, según lo que
se le había mandado, pone en poder del cuestor
treinta elefantes, cantidad de ganado y de caballos,
pero dinero poco. Pártese Calpurnio a Roma a la
elección de magistrados, en cuyo intermedio en
Numidia y nuestro ejército hubo paz.
Divulgadas las cosas de África, y el modo cómo
habían pasado, no se hablaba en Roma sino del he-
cho del cónsul en todos los lugares y corrillos; la
plebe estaba sumamente irritada; los senadores cui-
dadosos y sin saber si aprobarían una maldad tan
grande o darían por el pie a la capitulación, pero les
detenía mucho para que obrasen en razón y justicia
el poder de Scauro, porque se decía que no sólo era
cómplice con Bestia, sino el que le había dado este
consejo. Pero Cayo Memio, de cuyo genio libre y
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poco afecto al poder de la nobleza se habló antes,
entre estas dudas e irresoluciones del Senado, no
cesaba en los concursos de exhortar al pueblo a que
tomase satisfacción. Persuadiales que no desampa-
rasen la república, ni su libertad; poníales delante
muchos desprecios y crueldades que había usado
con ellos la nobleza, y puesto de todo punto en este
empeño, no omitía medio de inflamar los ánimos de
la plebe. Pero porque en aquel tiempo era muy cele-
brada y tenía gran séquito en Roma su elocuencia,
he tenido por conveniente poner aquí una de sus
muchas oraciones, y especialmente la que en pre-
sencia de un gran concurso dijo al regreso de Bestia
en estos términos:
«Muchas cosas me ponen a punto de abandona-
ros, ¡oh quirites!, si no prevaleciera a todo mi amor
a la república: el poder de los nobles, vuestra tole-
rancia, la falta entera de justicia y especialmente el
ver que la inocencia está muy expuesta, en vez de
ser premiada. No tengo valor para acordaros la
burla que en estos quince años han hecho de voso-
tros algunos insolentes; cuán indigna y cuán impu-
nemente han hecho morir a vuestros defensores;
cuánto os habéis dejado corromper de la pereza y
flojedad; vosotros, digo, que aún hoy, que veis caí-
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dos a vuestros enemigos, no sabéis aprovecharos, y
estáis temiendo a los mismos a quienes debierais
causar terror. Pero aunque sea esto así, no sé, ni
puedo dejar de oponerme al poder de la coligación.
A lo menos haré ver que mantengo la libertad que
heredé de mis padres. Que lo haga o no con fruto,
pende de vosotros, ¡oh quirites! Ni esto es deciros [ Pobierz caÅ‚ość w formacie PDF ]

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